
Este Blog lo cree una fría noche de enero cuando las ilusiones rotas del corazón retornaron a las verdades de la razón. En el puro materialismo de la obra del marqués uno encuentra escapatoria para su frustrado sentimentalismo.
Hoy en día leer a Sade exige romper las barreras del prejuicio y disponerse para entrar hasta la nausea de los infiernos del mundo y de la mente humana. Efectivamente como señala Simone de Beauvoir, la obra sadiana nos inquieta .
Basta con leer solo algunos pasajes de las obras señeras de Sade para darse cuenta que en esa prosa fría y sistemática, narradora de crímenes casi inimaginables, no hay erotismo. En mi opinión su valor radica en escribir aquello que nadie escribiría, y por ello, siempre será único e irrepetible; nos transporta a un infierno imaginable que sospechamos existe en la realidad. Cualquier practica sadiana por criminal que sea y monstruosa que parezca nos parece posible y admitir eso, es admitir que todo ser humano es una bestia en potencia.
El siglo XX nos ha dado muestras sobradas de ello y las practicas nazis en los campos de concentración son la plasmación real de lo que es capaz de hacer el hombre cuando degrada a sus semejantes a la condición de objetos.
Nuestros sentimientos frustrados nos llevan a la desilusión, y en las negras tinieblas de un mundo desecho hay que tratar de reconstruirse sobre los restos de lo que fuimos, somos y seremos.
El hombre absoluto de Sade es el ejemplo de dónde lleva el odio y el poder cuando quedan disociados de la moral y la empatía hacia nuestros hermanos de especie. Las personas nos pueden hacer daño, y podemos ir haciéndonos más o menos insensibles al dolor y a los sentimientos; pero el tiempo y la naturaleza siempre ponen un sólido muro para que sigamos siendo humanos. El marqués nos enseña que pasa cuando esos límites fallan, y el sexo como principio motor de nuestros instintos es por naturaleza un ariete frente a ellos.
Una frase que nos extraña ver en los escritos personales de Sade dice: “Dónde no hay intimidad no existe sexo refinado”.
En el mundo literario de putas, orgías y macabras ceremonias ningún protagonista aceptaría tan “moral” diatriba; pero el Sade de la literatura no es el Sade que vivió y respiro en aquella cambiante época de finales del sXVIII .
En este aspecto, he de reconocerme más erotómano que pornógrafo y acepto más la frase del hombre que las del literato. Verdaderamente dónde no hay intimidad no existe sexo refinado; el conocimiento ayuda al placer pues cada ser humano es un mundo desconocido de sentimientos y sensaciones.