
“La invención consiste
en esa capacidad de aprehender las posibilidades de un tema; y en
poder moldear y formar ideas sugeridas por él” (Mary Shelley)
Desde principios de año
he estado sumido en una total falta de creatividad que consecuentemente me ha llevado a no escribir casi ninguna entrada en el
Blog. Por fortuna, parece con con la llegada de esta fría y húmeda primavera y su
consustancial renovación, mis sentidos más despiertos me permiten
volver a filtrar nuevamente las ideas en palabras.
Quizás por haber estado
en un silencio amordazado por la incapacidad creadora, admiro aún
más a todos aquellos que son capaces de mantenerse constantes en los
menesteres de la escritura; y por eso he seguido disfrutando de ellos
desde el árido desierto de la nada.
Por naturaleza, en el
campo de la escritura como en otros campos vitales, por mucho que
intento seguir unos parámetros de orden y racionalidad, mis deseos
se rompen en mil pedazos por las ciegas fuerzas de las pasiones que
de la melancolía a la alegría más desbordante, me arrastran unas
veces al silencio y otras a una febril actividad.
Pero de esta silente
falta de inspiración para escribir nace el tema de este post, pues
la inspiración y la creatividad son tan necesarias en el campo de la
escritura como en el del sexo.
La evolución científica
que hemos vivido en el campo sexual en los últimos tiempos es tan
inmensa que no siempre a los “avances técnicos” los han seguido
los “avances de conciencia”; siendo estos últimos tan necesarios
como los primeros a la hora de sacar el máximo partido al sexo y al
disfrute del placer sexual.
En otros post hable
profusamente sobre lo que he denominado el “sexo zombie”, ese
sexo mecánico que solo lleva a la más profunda insatisfacción;
sexo, que contrariamente a lo que se piensa, es mucho más común de
lo que se quiere reconocer.
Mi idea del sexo y del
placer me lleva a transcender la simple mecánica sexual y orgásmica
tan de moda a día de hoy; no se trata de buscar como si se tratara
del Santo Grial el afamado punto “G”, se trata de disfrutarlo si
tenemos la suerte de encontrarlo y de no obsesionarnos si no lo
hacemos.
Resulta paradójico que
conforme la ciencia avanza los mitos más irracionales lo hacen en
paralelo a estos nuevos “descubrimientos”. La idea más prosaica
lanzada como hipótesis por un sexólogo cualquiera tiene la segura
potencialidad de convertirse en una verdad sexual absoluta sin ningún
tipo de contraste.
Un tema que me apasiona
es el de la curiosa diferenciación que durante años se ha hecho del
orgasmo femenino en clitoriano y vaginal; la controversia continua y
me temo que continuará, como sucedió en una Constantinopla asediada
por los turcos respecto del sexo de los ángeles. Si disfruto de un
orgasmo...¿qué más me da si es de un tipo u otro?.
El sexo que debemos
buscar y obtener no es el “sexo racional y mecánico” de los
libros, que como mucho nos lleva a fríos orgasmos, se trata de
encontrar lo que yo llamo “sexo inspirado”, el sexo como placer
sensual y sexual en el que el orgasmo no es más que una pieza más.
No se trata de escribir por escribir, se trata de escribir algo digno
disfrutando de la escritura.
Las masturbaciones o el
sexo oral pueden resultar mucho más satisfactorios que el “mete y
saca” mecánico que solo nos lleva a mediocres placeres si no es
convenientemente “condimentado”
No se me escapa que lo
ideal es aunar calidad y cantidad, pero esta ecuación resulta muy
complicada sobre todo en el caso masculino que se ve limitado por el
número de orgasmos posibles por “sesión”. Hay mucho
“superhombre” que alardea de capacidades prodigiosas en este
campo, pero me temo que la realidad ordinaria no llega a la ficción.
Mi récord llega a seis y de normal con cuatro me doy por dignamente
satisfecho, vea el lector que el que escribe no es un superhombre,
simplemente un hombre que escribe para hombres y mujeres reales.
Así pues, lo hermoso y
placentero del sexo no está en la frialdad de los números fríos y
objetivos, sino en como somos capaces de disfrutar de esos números.
La inspiración, la
invención de la que habla Mary Shelley, la imaginación, son tan
necesarias en el sexo como en la literatura; lo prioritario no es ser
un autor prolífico, es ser un buen autor.
El sexo no deja de ser un
efímero arte, como ya Ovidio señaló en su libro: “El arte de
Amar”; un arte que poderosamente nos trasmite vivas sensaciones en
comunión con nuestro acompañante de creación, y que nos puede
trasportar lejos de la propia realidad.
Todo esto no lo puede
justificar en actual “mecanicismo orgásmico” tan de moda. Un
chico es admirado si señala con franqueza que se ha “tirado” a
futanita 8 veces, pero la verdadera admiración vendría de haber
disfrutado cuatro horas de buen sexo, sin más adjetivos.
Tras esta pequeña
reflexión solo espero que mi “inspiración bloggera” esté
plenamente recuperada y pueda atender como se merece este hermoso
rincón de la red.